La carta (4/4)
Había pasado un año desde que envió la carta, y habían pasado 8 meses desde aquel fatídico viaje. Hacía exactamente ocho meses y dos semanas desde aquel maldito día en que decidió ir a buscarlo, y descubrir que el motivo de su desaparición fue que estaba comprometido con aquella joven cuyos ojos eran capaces de hacer perder la cabeza a cualquier hombre.
Ella estaba sentada en su idílico patio, debajo de su enorme
limonero, leyendo “Orgullo y Prejuicio”. Se sentaba allí todas las tarde para
presenciar las magníficas puestas de sol, pues las vistas de su patio eran unas
de las mejores de la ciudad. Era un sábado por la tarde (las 19.30 para ser
exactos) cuando el móvil comenzó a vibrar. Era la alarma, para recordarle que el lunes
era el cumpleaños de una de sus amigas y debía salir a comprarle algo. Se
cepilló el pelo, y fue a darse una ducha. Volvió al cuarto y comenzó a
vestirse. Comió algo rápido, y metió todas las cosas en su bolso. Miró el móvil
antes de guardarlo, para consultar la hora, y…un mensaje.
Era él. No tenía su número guardado, pero no era necesario,
se lo sabía de memoria. Las piernas comenzaron a temblarle antes si quiera de
leer el contenido. Respiró hondo y abrió el mensaje “Ahora soy yo el que está
en la puerta de tu casa. Sé que no merezco que me dejes pasar. Ni si quiera
merezco que me escuches. Así que si no me abres lo entenderé y me iré”
Sus manos empezaron a temblar y dejó el
móvil caer al suelo. Estaba muy nerviosa, pero no quiso esperar ni un minuto
más. Quería zanjar aquella historia cuando antes, así que bajó las escaleras
que llegan hasta el patio y le abrió la puerta.
Y ahí estaba él con los ojos empapados en lágrimas y "lo siento mucho, muchísimo" fueron las primeras palabras que salieron de su boca.
Y así fue cómo el regresó. No en verano con el sol, ni en primavera con las
flores.
Regresó en aquel peculiar otoño. Y no era un día especial, y
tampoco una fecha especial. Era un día cualquiera. Tampoco la besó bajo la
lluvia, ni apareció en su trabajo con un ramo de flores.
Simplemente llamó a su puerta, conversaron y desenmarañaron todo lo ocurrido. Y claro, eso sí, aquella conversación se zanjó con un beso, o
dos, o tres, o…
Y es que al parecer él siempre estuvo ahí:
Igual que el sol simula desaparecer en los días de lluvia, pero realmente está ahí, deseando que se aparten las nubes para dar luz y calor.
Igual que parece no haber flores durante el invierno, y en realidad están preparándose para brotar con aún más fuerza en la próxima primavera.
Eso hizo él. Parecía haberse marchado, pero en realidad siempre estuvo ahí, al margen, esperando el momento oportuno para que todo fuera perfecto.
Era otoño, pero él esa tarde le llevó la primavera, el
verano, el sol, la luna y las estrellas.
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