La carta (2/4)
Ella le advirtió de que en la carta no ponía nada especial,
y que aunque dentro había un pequeño detalle, tan solo era eso, un detalle, una
tontería. A lo que él le contestó:
-No digas disparates. Una carta tuya no es, ni mucho menos,
una tontería. Aunque me mandaras una piedra dentro del sobre, seguro que me
gustaría, porque lo importante es que te has acordado de mí.
Ella se sonrió y tecleó:¡Avísame cuando te llegue!
Esa misma tarde mandó la carta. Y mientras echaba su sobre
amarillo al buzón pensó “¿Cuánto tardará en llegar? ¿Un día? ¿Dos? Bueno amiga,
paciencia. En cuanto llegue te lo hará saber.”
Pasaron 5 días…y nada. No había noticias ni de él, ni de la
carta. Quizás la carta todavía no había llegado pero… ¿por qué él ni si quiera
le escribía mensajes, como era habitual?
Pasaron 10 días…Así que ella decidió escribirle un mensaje. Le preguntó que por
qué estaba tan perdido, que no sabía nada de él desde hacía días, y le preguntó
por la carta. Le mandó varios mensajes más…y ninguno de ellos recibió
respuesta.
Pasaron 20 días. Pasaron 30 días. Pasaron 50 días… Y ella no
sabía si la carta había llegado o no, porque él no la avisó. Entonces ella se
dio cuenta de que no sólo no la avisó de si la carta había llegado. Tampoco la
avisó de que iba a desaparecer de su vida, sin ningún motivo, sin ningún por qué. Simplemente desapareció. Se esfumó.
No entendía nada. ¿Cómo una persona puede desaparecer así?
Sin ninguna explicación, sin ni siquiera decir adiós. Si él ya no sentía lo
mismo por ella, vale, lo podía entender. Todas las mujeres saben aceptar un no.
Todas las mujeres saber encajar un “creo que es mejor dejarlo aquí” .Mejor o
peor, pero se encaja y punto. Pero ¿desaparecer? No tenía sentido.
Tres meses después, cuando ella ya creía por zanjada esa
historia, se dio cuenta de que no era así, no había nada zanjado, ¡necesitaba
respuestas! Y precisamente ella no era de las que se rendía fácilmente. Si él simplemente se olvidó de ella de un día para otro,
estupendo, pero ella quería oírlo de su boca, leerlo en sus labios, leerlo en
sus ojos.
Así que hizo lo que una mujer desesperada hace en estas
situaciones: Una barbaridad. Fue a buscarlo. Así es. Se levantó por la mañana, cogió el
coche y en tres horas estaba en la puerta de su casa. Ya le daba igual todo, su
dignidad, su orgullo, todo. Solo quería un por qué.
Llamó a la puerta. Pasó un segundo…pasaron dos segundos…y al
tercer segundo la puerta se abrió.
Y allí estaba él. Mirándola, atónito, desencajado,
sorprendido.
Y allí estaba ella. Mirándolo, atónita,
desencajada…enamorada.
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