El vuelo.
Le encantaba la
sensación que le proporcionaban los saltos, la sensación de dejarse caer, la
sensación de flotar.
Siempre saltaba con la
esperanza de poder volar. Desafortunadamente nunca lo conseguía, pero el simple
hecho de intentarlo ya le merecía la pena: la velocidad, los paisajes, sentir
el aire recorriendo todo su cuerpo como si de caricias se tratasen, la libertad…
Qué paz.
Era fantástico, aunque
después de esos fabulosos momentos de
vuelo, llegaba la peor parte: los aterrizajes. Siempre eran algo aparatosos,
siempre salía dolorida. De hecho, el último no fue exactamente un aterrizaje,
aquello fue una brutal caída. Y desde aquel golpe decidió que ya no valía la
pena seguir intentándolo, que nunca más volvería a saltar. Pasados unos años
pensó que quizás podría volver a probarlo, ¿por qué no? Y llegado el momento…no,
no se atrevió.
Pero un día notó cómo
alguien le agarró la mano, bien fuerte, y le dijo: “Salta conmigo”. Y de un
momento para otro, sin reflexionarlo y sin saber por qué, le hizo caso, ¡y
saltó!
La caída estaba siendo espectacular, incluso acrobática. ¡Qué maravilla poder deslizarse por las nubes, qué vistas, que aire tan puro, qué sentimiento tan excitante! Pena que tuviera que acabar aquel sorprendente vuelo, pues ya estaban a tan solo unos metros del suelo. Cerró los ojos con fuerza y le apretó la mano.
La caída estaba siendo espectacular, incluso acrobática. ¡Qué maravilla poder deslizarse por las nubes, qué vistas, que aire tan puro, qué sentimiento tan excitante! Pena que tuviera que acabar aquel sorprendente vuelo, pues ya estaban a tan solo unos metros del suelo. Cerró los ojos con fuerza y le apretó la mano.
Pasaron cinco segundos,
pasaron diez segundos… ¿Y el golpe? No era posible… ¿o sí? Abrió los ojos y se
descubrió sobrevolando la ciudad, las montañas, el mundo. Sí, ¡estaban volando!
Pero, ¿por qué? Ya otras muchas veces lo había intentado y siempre terminaba
estrellándose. ¿Qué era diferente esta vez?
Y empezó a pensar que
quizás el constante fracaso en sus anteriores vuelos no había sido solo culpa
suya, sino también de los diferentes compañeros de vuelo. Entonces se dio
cuenta de que la clave para poder volar, para poder nadar entre las nubes, es
saber elegir el compañero de vuelo.
Porque si uno no quiere
volar, caen los dos.
Pero cuando los dos
quieren volar, los aterrizajes, las caídas y golpes pasan a la historia. Cuando dos quieren volar, ni si quiera las
tormentas ni los tornados podrán con ellos. Basta con permanecer juntos y
agarrarse fuerte de la mano para superar todos los obstáculos y seguir
disfrutando del vuelo.
Y así fue como hizo del
cielo su hogar: volando con aquel que le enseñó a hacerlo.