jueves, 16 de julio de 2015

El vuelo.

Le encantaba la sensación que le proporcionaban los saltos, la sensación de dejarse caer, la sensación de flotar.

Siempre saltaba con la esperanza de poder volar. Desafortunadamente nunca lo conseguía, pero el simple hecho de intentarlo ya le merecía la pena: la velocidad, los paisajes, sentir el aire recorriendo todo su cuerpo como si de caricias se tratasen, la libertad… Qué paz.

Era fantástico, aunque después de esos fabulosos momentos  de vuelo, llegaba la peor parte: los aterrizajes. Siempre eran algo aparatosos, siempre salía dolorida. De hecho, el último no fue exactamente un aterrizaje, aquello fue una brutal caída. Y desde aquel golpe decidió que ya no valía la pena seguir intentándolo, que nunca más volvería a saltar. Pasados unos años pensó que quizás podría volver a probarlo, ¿por qué no? Y llegado el momento…no, no se atrevió.

Pero un día notó cómo alguien le agarró la mano, bien fuerte, y le dijo: “Salta conmigo”. Y de un momento para otro, sin reflexionarlo y sin saber por qué, le hizo caso, ¡y saltó!

La caída estaba siendo espectacular, incluso acrobática. ¡Qué maravilla poder deslizarse por las nubes, qué vistas, que aire tan puro, qué sentimiento tan excitante! Pena que tuviera que acabar aquel sorprendente vuelo, pues ya estaban a tan solo unos metros del suelo. Cerró los ojos con fuerza y le apretó la mano.

Pasaron cinco segundos, pasaron diez segundos… ¿Y el golpe? No era posible… ¿o sí? Abrió los ojos y se descubrió sobrevolando la ciudad, las montañas, el mundo. Sí, ¡estaban volando! Pero, ¿por qué? Ya otras muchas veces lo había intentado y siempre terminaba estrellándose. ¿Qué era diferente esta vez?

Y empezó a pensar que quizás el constante fracaso en sus anteriores vuelos no había sido solo culpa suya, sino también de los diferentes compañeros de vuelo. Entonces se dio cuenta de que la clave para poder volar, para poder nadar entre las nubes, es saber elegir el compañero de vuelo.

Porque si uno no quiere volar, caen los dos.

Pero cuando los dos quieren volar, los aterrizajes, las caídas y golpes pasan a la historia.  Cuando dos quieren volar, ni si quiera las tormentas ni los tornados podrán con ellos. Basta con permanecer juntos y agarrarse fuerte de la mano para superar todos los obstáculos y seguir disfrutando del vuelo.

Y así fue como hizo del cielo su hogar: volando con aquel que le enseñó a hacerlo.

sábado, 11 de julio de 2015

Algún día.

Lo buscó por todas partes.

Empezó a buscarlo en un pequeño y sereno pueblecito de unos seis mil habitantes, pero no estaba allí. En realidad era obvio que no estaría allí, habría sido demasiado fácil, demasiado pronto.

Después lo buscó en una ciudad algo mayor, una ciudad que miraba hacia el sur, una magnífica ciudad renacentista, pero tampoco hubo suerte.

Siguió buscándolo en todas partes: en la calle, en los parques, en los restaurantes, en las bibliotecas, en los trenes, en los teatros,  en el gimnasio, en los supermercados, en las playas…

Lo buscó en los amaneceres, en los atardeceres.

Su búsqueda continuó, a veces de forma más intensa, a veces de forma más pausada.

A veces se le olvidaba que lo estaba buscando, a veces hasta se olvidaba de qué estaba buscando.

Lo buscó en otros países: Reino Unido, Portugal, Italia, Francia…Tampoco lo encontró.

Se rindió. No merecía la pena buscarlo más. “Algún día-se decía- algún día, cuando menos los espere, llegará” Y decidió regresar a aquella ciudad cuyos cerros son famosos, y  que conquista nada más verla.

Y allí, un día... Sí, ¡tenía que ser! No podía ser otro más que aquel perspicaz, ingenioso, instruido, enérgico, educado, intenso, divertido, impulsivo, atrayente, caballeroso, centelleante…


Y así fue como, el “algún día”, llegó.