Algún día.
Lo buscó por todas partes.
Empezó a buscarlo en un pequeño y
sereno pueblecito de unos seis mil habitantes, pero no estaba allí. En realidad
era obvio que no estaría allí, habría sido demasiado fácil, demasiado pronto.
Después lo buscó en una ciudad
algo mayor, una ciudad que miraba hacia el sur, una magnífica ciudad
renacentista, pero tampoco hubo suerte.
Siguió buscándolo en todas
partes: en la calle, en los parques, en los restaurantes, en las bibliotecas,
en los trenes, en los teatros, en el
gimnasio, en los supermercados, en las playas…
Lo buscó en los amaneceres, en
los atardeceres.
Su búsqueda continuó, a veces de
forma más intensa, a veces de forma más pausada.
A veces se le olvidaba que lo estaba
buscando, a veces hasta se olvidaba de qué estaba buscando.
Lo buscó en otros países: Reino
Unido, Portugal, Italia, Francia…Tampoco lo encontró.
Se rindió. No merecía la pena
buscarlo más. “Algún día-se decía- algún día, cuando menos los espere, llegará”
Y decidió regresar a aquella ciudad cuyos cerros son famosos, y que conquista nada más verla.
Y allí, un día... Sí, ¡tenía que
ser! No podía ser otro más que aquel perspicaz, ingenioso, instruido, enérgico, educado, intenso, divertido, impulsivo, atrayente, caballeroso, centelleante…
Y así fue como, el “algún día”, llegó.
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