“Durante mi adolescencia tuve una época en la que, cuando estaba con mis abuelos, una enorme pena se apoderaba de mí. Era siempre el mismo proceso:
Cada mañana llegaba a su casa, los abrazaba y les preguntaba cómo estaban. Y ahí, en ese momento, cuando comenzaban a contar sus pequeñas historias sobre las noticias del pueblo intercambiadas en la panadería, sobre lo que cenaron la noche anterior, o contaban su difícil infancia…En lo más profundo de mi estómago se formaba una bola de ternura. Esa bola subía poco a poco hasta mi garganta, convirtiéndose en un nudo de angustia que, de repente, se plantaba en mis ojos en forma de lágrimas, humedeciéndolos. Por supuesto, jamás dejé escapar ninguna lágrima. Haciendo un gran esfuerzo, me las tragaba todas, disimulando con éxito aquella sensación.
Pues bien, esta extraña emoción la provocaba el desconsuelo de pensar en su inminente y cada vez más cercana muerte. No podía entender que mis abuelos estuvieran tan cerca del fin. Y yo lo veía, lo sentía. Notaba como su luz se iba apagando poco a poco. Vivía en primera persona las secuelas del tiempo en la mente y el cuerpo del ser humano. Y yo, rebosando juventud y energía por cada uno de mis poros, me negaba a aceptarlo. “No es posible. No pueden morir. Los quiero tanto…” me decía a mí misma una y otra vez.
Al cabo de unos años, comprendí que la muerte forma parte de la vida. Vida que ellos aún, escasamente, desprendían. Por eso cada vez que iba a visitarlos, seguía el mismo procedimiento (iba a su casa, los abrazaba y les preguntaba cómo estaban) pero la bola de pena dejó de acompañarme. Simplemente los abrazaba y me impregnaba de su olor, de su voz, observaba sus historiadas arrugas y escuchaba atentamente sus anécdotas. A veces nos reíamos sin saber por qué, y a veces llorábamos, sabiendo el por qué.
La conversación terminaba cuando se aproximaba la hora de comer. Mi abuela se iba a la cocina a hacer la comida y mi abuelo procedía a su pequeño ritual para hacer los “tintos de verano”.
Y así, escuchando el traqueteo de los vasos y platos en la cocina, me invadía una paz interior, una paz que no se podía comparar con ninguna otra cosa en el mundo. Hay tanto que aprender de los abuelos...
Mis abuelos, la sangre que corre por mis venas. Mis abuelos. Gracias”
Cada mañana llegaba a su casa, los abrazaba y les preguntaba cómo estaban. Y ahí, en ese momento, cuando comenzaban a contar sus pequeñas historias sobre las noticias del pueblo intercambiadas en la panadería, sobre lo que cenaron la noche anterior, o contaban su difícil infancia…En lo más profundo de mi estómago se formaba una bola de ternura. Esa bola subía poco a poco hasta mi garganta, convirtiéndose en un nudo de angustia que, de repente, se plantaba en mis ojos en forma de lágrimas, humedeciéndolos. Por supuesto, jamás dejé escapar ninguna lágrima. Haciendo un gran esfuerzo, me las tragaba todas, disimulando con éxito aquella sensación.
Pues bien, esta extraña emoción la provocaba el desconsuelo de pensar en su inminente y cada vez más cercana muerte. No podía entender que mis abuelos estuvieran tan cerca del fin. Y yo lo veía, lo sentía. Notaba como su luz se iba apagando poco a poco. Vivía en primera persona las secuelas del tiempo en la mente y el cuerpo del ser humano. Y yo, rebosando juventud y energía por cada uno de mis poros, me negaba a aceptarlo. “No es posible. No pueden morir. Los quiero tanto…” me decía a mí misma una y otra vez.
Al cabo de unos años, comprendí que la muerte forma parte de la vida. Vida que ellos aún, escasamente, desprendían. Por eso cada vez que iba a visitarlos, seguía el mismo procedimiento (iba a su casa, los abrazaba y les preguntaba cómo estaban) pero la bola de pena dejó de acompañarme. Simplemente los abrazaba y me impregnaba de su olor, de su voz, observaba sus historiadas arrugas y escuchaba atentamente sus anécdotas. A veces nos reíamos sin saber por qué, y a veces llorábamos, sabiendo el por qué.
La conversación terminaba cuando se aproximaba la hora de comer. Mi abuela se iba a la cocina a hacer la comida y mi abuelo procedía a su pequeño ritual para hacer los “tintos de verano”.
Y así, escuchando el traqueteo de los vasos y platos en la cocina, me invadía una paz interior, una paz que no se podía comparar con ninguna otra cosa en el mundo. Hay tanto que aprender de los abuelos...
Mis abuelos, la sangre que corre por mis venas. Mis abuelos. Gracias”
