miércoles, 29 de abril de 2015

La carta (1/4)

Me preguntó: ¿Y por qué le envías una carta? ¿No es mucho más rápido, barato y sencillo un email? O incluso un mensaje por Facebook.

A lo que yo le respondí: Pero mi carta es algo que podrá tocar, observar, oler… Son unos folios con mi letra, que podrá leer ahora, y dentro de unos meses. Son unos folios cargados de sentimientos, historias, recuerdos… Y sé que algún día dentro de unos años, él abrirá un cajón, y entre papeles y chismes viejos, aparecerá mi carta…y se acordará de mí. Y de eso se trata, de que nunca se olvide de mí, de nosotros. 

lunes, 27 de abril de 2015

La fórmula secreta.

Ella tenía fórmulas secretas para todo. Las tenía todas en su cabeza, almacenadas  por orden alfabético, como si de un ordenador se tratara.

A lo largo de su vida (que no es que fuera demasiado larga) había aprendido como solucionar todos los problemas que se le iban planteando. Y a ella le gustaba llamarlo: sus fórmulas secretas. Algunas eran mucho más laboriosas y otras menos. Todo dependía de la magnitud del problema.

Sus fórmulas secretas no eran algo de lo que se podía beneficiar cualquiera. Tan solo las compartía con sus seres queridos. Ellos sí podían disfrutar de este privilegio cuantas veces fuera necesario.
Tenía fórmulas secretas para todo tipo de cosas:

Para hacer que los días de lluvia se transformaran en días soleados;

Tenía una fórmula secreta para ascender en el trabajo;

Para conseguir que aquellos días aburridos y desprovistos de planes, terminaran en una gran e improvisada aventura;

Tenía una fórmula secreta para aprobar los exámenes, ya fueran del instituto, de la universidad, unas oposiciones, lo que fuera;

También tenía una para convertir los días de estrés y agobios en días de calma y paz;

Tenía fórmulas para la resaca, para los dolores, para todo.

Pero llegó el día. Ella sabía que tarde o temprano llegaría ese día. Un día en el que se le plantearía un problema para el que le costaría horrores encontrar la fórmula secreta. Y ella sabía de sobra qué problema era ese: El desamor.

Por eso nunca se había enamorado (hasta ahora) porque sabía que el amor, tarde o temprano, acaba. Y desde pequeña supo que la pócima secreta para ese problema…sería prácticamente imposible de crear.

Sea como fuere, le acaban de romper el corazón. Y se sentía desconcertada, triste, decepcionada, frustrada, rechazada, sola, perdida…

 “¿Cómo voy a conseguir una fórmula para todos estos sentimientos negativos? No lo voy a conseguir nunca, ¡no lo voy a conseguir!” Se decía a sí misma, mientras trataba una y otra vez de buscar una solución  para tanta melancolía y desolación.

Trató de usar otras de sus fórmulas: usó la de transformar los días aburridos en grandes aventuras, pero no surtió efecto. Usó la fórmula que servía para convertir los días de estrés en días de calma y paz, pero tampoco sirvió para nada. Ninguna de las fórmulas que había creado hasta ahora le hacía sentir mejor.

Estaba en su cuarto, tirada en la cama, completamente hundida…hundida en la cama, y hundida, a secas. Miró a su alrededor, buscando algo que le pudiera proporcionar un poco de alegría o alivio, aunque tan solo fuera por un instante.

Y allí estaba, encima de aquella estantería, delante de sus narices, allí estaba la solución. Sin perder ni un minuto más, metió cuatro cosas en la maleta, lo imprescindible, y salió de su apartamento.
Llegó al aeropuerto y cogió un avión. Llegó a otro aeropuerto y cogió otro avión. Llegó a otro aeropuerto y se fue a la estación de tren. Cogió un tren […]

Eran las 2 de la mañana. Ella estaba con los ojos empapamos en lágrimas. Llamó a la puerta. Nadie contestó. Volvió a llamar, y por fin escuchó unos pasos que se acercaban lentamente. Abrieron la puerta. Y cuando su madre la vio, sabía perfectamente de lo que se trataba, porque una madre lo sabe todo de una hija. Y antes de que ella explicara por qué estaba allí, su madre la besó y la abrazó.

Y es que cuando estaba en su cuarto, buscando una fórmula secreta que la hiciera sentir mejor, lo que vio allí en aquella estantería fue una foto de su familia. Y se dio cuenta de que, aunque la fórmula secreta del desamor tiene muchísimos ingredientes: tiempo, distancia, paciencia, fuerza, optimismo…el principal ingrediente para un desamor era ese mismo que tenía ahora entre sus brazos: los seres queridos, la familia.

miércoles, 22 de abril de 2015

Lo supo.

Lo supo esa misma noche.

 No solo por la conversación o las miradas o por cómo, sin apenas conocerla, ya la trataba como si del tesoro más valioso se tratase. No solo por eso.

Lo supo porque esa noche cuando llegó a su casa no pudo dormir. Estaba tumbada en la cama y, cada vez que recordaba sus gestos, sus ojos, la forma en que comenzaron a besarse pareciendo imposible parar…El corazón le seguía latiendo con la misma intensidad que hacía una hora, cuando aún lo tenía enfrente.

Esa noche sin dormir fue diferente; esta vez no fueron ni la pena, ni la tristeza, ni las lágrimas las que la atormentaban haciéndole dar vueltas en la cama. Por primera vez, eran la ilusión, la alegría y la emoción las que la mantenían despierta y eufórica.

Lo supo desde el primer minuto.

Esta vez todo era distinto. Se lo decía su cuerpo entero, esa sensación que la recorría de arriba y abajo era totalmente nueva. Nunca antes había experimentado una cosa igual.

Lo supo. Esta vez era especial, pero especial de verdad.

Sin duda alguna, se trataba de algo grande, muy grande. Se trataba de eso que la gente tanto ansía, de eso que la gente se pasa una vida entera buscando: el amor.

Sí, estaba segura. Lo había encontrado, era él. 

lunes, 13 de abril de 2015

Los besos.

A todas horas: por las mañanas, después de comer, para merendar, antes de dormir, y hasta durmiendo.

En cualquier lugar: en la calle, al sol, en la playa, en el ascensor, en el salón, en la cama.

En todas partes: en la cara, la nariz, la frente, la boca, las manos, los ojos, el cuello, en la espalda…

En todas sus formas: rápidos y lentos, apasionados y tiernos, fogosos y dulces.

Besos donde sea y como sea.

Pero eso sí, que sean contigo.

lunes, 6 de abril de 2015

La lucha interior.

La conversación estaba cada en su punto más álgido:

"Ce: Te lo advertí -decía- Te dije que no siguieras con esto, que terminaríamos todos heridos.

Co: Intenté escucharte…pero cada vez que lo tenía cerca, cada vez que me rozaba, cada vez que me besaba…me volvía loco, no podía parar de bombear sangre para todos lados. Es, es…es difícil de explicar.

Cer: No, no, adelante, ¡explícamelo! Porque yo no lo entiendo. ¿Acaso no me oías cada vez que te decía “PARA, ALÉJATE DE ÉL”?

Cor: A ver cómo te lo digo para que lo entiendas… Es algo que no puedo controlar. Cuando lo veo, cuando lo tengo enfrente, no consigo escucharte. Cada una de las partes del cuerpo me piden a gritos que me acerque a él: las piernas, la cintura, las manos, los labios, los ojos….todas. Y yo también quería acercarme a él, claro está. Y por mayoría…ganamos nosotros. Eras tú el único que no quería.

Cere: Yo lo único que sé es que por tu culpa mira ahora como estamos, todos rotos. Las piernas ya no tienen ganas de andar, porque creen que no tiene sentido caminar si no es para estar con él. La cintura, ya sabes, siempre hace caso a las piernas.

Las manos tampoco quieren moverse ni tocar nada. Los labios no quieren abrirse, ni si quiera para comer. Tienen la certeza de que nunca saborearán algo tan delicioso como aquellos labios.

Y los ojos…qué te voy a decir de ellos. Se les ha olvidado que su función es la del sentido de la vista, y ahora lo único que saben hacer es llorar.

Cora: Lo sé…pero aun así, la culpa no es del todo mía. Es cierto que yo me dejo llevar por el impulso del momento, pero no fui yo quien planeaba un viaje a La Toscana, quien pensaba en llevarlo a la próxima cena familiar, quien fantaseaba con una casa en la playa… ¡todo eso fue cosa tuya!

Cerebro: Tienes razón…llegó un momento en el que yo también me dejé llevar… ¡Pero fue por tu culpa! Por haber continuado con esto cuando aún estábamos a tiempo de parar.

Corazón: Estarías tú a tiempo de parar, porque yo desde que lo vi supe que no había marcha atrás.

Cerebro: En realidad yo también me enamoré de él desde el primer minuto, pero si me hubieras dejado actuar de forma más pausada…ser más cautelosos. Porque mira ahora, echa un vistazo ahí fuera y mira como está"


Y ella estaba mirándose en el espejo, pálida, excesivamente delgada, con los ojos empapados, sin energía, preguntándose si él volvería o no, sin saber en qué dirección seguir, sin saber qué rumbo tomaría su vida ahora que él se había marchado.