Cada mañana despertaba sólo. Un día tras otro.
Despertar. A lo largo de sus treinta años no se había
planteado el significado de aquella palabra. Sí, es cierto que le resultaba
simpática y optimista, pues era señal de que empezaba un nuevo día y de que él
seguía ahí para verlo. Pero continuaba siendo una palabra que carecía de
sentimiento. Era tan sólo eso, una parte más del día.
Hasta que, pasado un tiempo, apenas unos meses, se dio cuenta
de que ya siempre dormía con ella. Por las mañanas al abrir los ojos, no
despertaba sólo. Ella estaba junto a él. Y al observarla, comprendió muchas cosas.
Se dio cuenta de que lo que hacía era despertar de un sueño,
para seguir con uno aún mejor. Pues pareciese que sus cuerpos estaban hechos el
uno para el otro. Qué bien encajaban. Aquello era una danza angelical…
Y fue entonces cuando la palabra “despertar” cobró sentido. Ella
era su proyecto, sus alas, su ilusión.
Le daba sentido a su música, a la melodía de la vida.
Y así fue como “despertar” se convirtió en su palabra
favorita.