La televisión estaba de fondo, ninguno de los dos le
prestaba atención. Más bien era la televisión la que, envidiosa, los observaba
a ellos. Sí, envidiosa. Envidiosa ante lo que estaba presenciando, envidiosa
porque ninguna de sus series o películas podría igualar la belleza y la pasión
de las caricias que aquella pareja acababa de exhibir ante ella.
Estaban en la cama, arropados, desnudos, abrazados. Ella lo
besó una vez más y cerró los ojos. Metió la cabeza entre su cara y su hombro,
apoyando suavemente la nariz en su cuello.
Comenzó a pensar que lo iba a echar de menos más de lo
previsto. Abrió un poco sus ojos, para observarlo, pensando que él ahora sí
estaría viendo la televisión. Sin embargo, tenía los ojos cerrados, como si él
también estuviera aprovechando cada uno de los segundos que le quedaban juntos,
o eso quería ella pensar.
Él abrió los ojos, y al verla observándolo le preguntó que
qué pensaba, y ella se sumergió en sus propios pensamientos. Fueron segundos
los que tardó en contestar, pero en su cabeza fueron horas, horas perdiéndose
en sí misma, en sus deseos…que eran todos contradictorios. Tantos sentimientos
dormidos que inesperadamente estaban despertando, tantas sensaciones nuevas…Y
llegó a la conclusión de que sí, de que quizás ese era el momento de decirlo.
Y después de esos eternos segundos, se armó de valor, tomó
aire, y cuando iba a decir las palabras prohibidas…recordó precisamente eso,
que estaba a punto de decir las palabras prohibidas, aquellas palabras que un
día se juró no volver a pronunciar. Así que finalmente, lo único que consiguió
salir de su boca fue un cálido y convincente “nada”.
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