Paseaban por la calle, unos artistas callejeros
interpretaban con dulcura el tema” When You’re Smiling” de Louis Armstrong.
Aquellos jóvenes lo hacían realmente bien.
El jazz era la melodía de la noche mientras que el sabor del
vino y el queso se mezclaba con el de los besos.
Las luces de la ciudad fueron sus estrellas; su reflejo en
el río, su espejo.
Por la mañana ella lo acompaño hasta la puerta, él se despidió
con beso en la mejilla. Observado por la ilusionada mirada de aquella joven, comenzó
a bajar las escaleras.
Al llegar al primer rellano se paró. Se quedó inmóvil
durante un par de segundos con la mirada fija en el suelo, apretando los puños.
Se giró y subió la escaleras de dos en dos, la agarró de la
cintura y la estrechó junto a él. La besó como si supiese que se trataba del
último beso. Ella lo tomó como un beso de comienzo, un beso de “algo grande
acaba de empezar”.
Y fue allí, en las calles de París, dónde aquel romance tuvo
su principio y su fin.
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