En casa.
Estaban a miles de kilómetros de distancia: ella en un país,
él en otro. Distancia que terminó por separarlos en todos los sentidos. Pero su
ciudad de origen, su tierra y sus raíces siempre seguirían siendo las mismas.
Por eso en vacaciones siempre volvían allí, a su "pueblo".
Y una vez más ella tenía las mismas sensaciones.
La sensación de saber que cruzando dos calles podría volver
a verlo. Habían pasado tantos meses desde el último encuentro…
La emoción de saber que caminaban por el mismo suelo, los
mismos parques, la misma ciudad, y que verían la misma puesta de sol. Estaban
tan cerca…
Y después de aquellas sensaciones, venían los impulsos.
Sabía que en un par de días los volverían a separar esos
dichosos miles de kilómetros.
Por eso sentía aquellas arrebatadoras ganas de, en mitad de
la noche, llamar a su puerta.
Y que, como en los viejos tiempos, él abriera y dijera “¿por
qué has tardado tanto? “
Eso sí que sería volver a casa.
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